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Nadie estuvo allí

Obra de Ewa Hauton

 Era como una pintura escapando de un marco roto. Nadie estuvo allí para decirle adiós.

 Sus pies en el estanque la convirtieron en sirena varada. Sus piernas eran como palabras entregadas a la poesía.

 Se agachó y saludó a los monstruos marinos que la recibieron. Primero tentáculos fríos, después una aleta sobre cientos de dientes en procesión. Desde la orilla, gatos entre las rocas y perros sin amo aguardando sus caricias.

 Nadie estuvo allí para verla lanzar un beso a quienes aparecían en las fotografías recortadas de sus bolsillos deshilachados, rostros sin brillo rebosantes de matices y arrugas, papel deshaciéndose en el ir y venir de las aguas.

 Nadie vio jamás cómo eran aquellas lágrimas perfiladas en el contraluz de la luna filtrándose entre las hojas de árboles de cristal.

 Nadie vio, ni entendió, lo que sus labios de caramelo musitaban ante la herrumbre de unas cadenas entrecruzadas a los pies de una puerta antigua, fulminadas por una luz blanca y cegadora. Al final del camino, en penumbra, un castillo deshabitado a excepción de los fantasmas tras el rosetón.

 Nadie estuvo allí para comprender que aquellos escalofríos de primavera venían de ella, que el arrastrar de su voz se convirtió en el eco de las mejores canciones, que la libertad no pocas veces se esconde en el espacio que habita entre dos lenguas que danzan juntas, como carne y acero en discordia.

 Nadie estuvo allí. Era una niña o lo había sido alguna vez.

15 comentarios sobre “Nadie estuvo allí

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