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Tarta de pepinillos crujientes (1/2)

Fotografía de Wendy Wei

 Mi amada, la señorita Amanda de Hinojosa, quedó embarazada de cinco caballeros, seis contándome a mí, vuestro humilde servidor de largas zancadas. Comenzó a tener antojos. Yo me mostré muy feliz ante la buena nueva, ¡por fin iba a ser una sexta parte de padre!

 Durante los primeros meses fue fácil satisfacer sus apetencias. Dulces de leche, papas fritas con sabor a huevo y vinagre, zumo de coco dietético, hummus de remolacha, flameado de Moe… Pero a partir del séptimo mes de gestación todo se complicó. Sus antojos eran cada vez más excéntricos; conseguir criadillas de Gumersindo en pepitoria no fue nada fácil y me granjeó varias enemistades.

 Estando a escasos días de alcanzar el noveno mes, siendo ya noche cerrada, Amanda de Hinojosa se expresó en los siguientes términos:

 -Don Paco, tengo antojo de tarta de pepinillos crujientes. Nada ansío más en este mundo que una rica y nutritiva tarta de pepinillos crujientes.

 -¡¿Tarta de pepinillos crujientes?! -Expresé mi asombro imitando el gesto del personajillo que protagoniza El grito de Edvard Munch.

 -Así es -confirmó la embarazada-. Tarta de pepinillos crujientes. Y un poco de leche condensada por encima, a poder ser.

 Me encogí de hombros y asentí. ¡Cómo negarle nada a la mujer con las rodillas más exuberantes del mundo!

 Entré en la cocina dispuesto a contentarla, rebusqué entre los muebles con acabado en rosa, hasta debajo del frigorífico con capacidad para 420 litros lo hice, pero por más que lo intenté no hallé pepinillos con los que elaborar la tan deseada tarta.

 Abatido, recurrí a mis vecinos del edificio en el islote. Ni el viejo pianista, ni la agorafóbica que tejía incansable, ni el excéntrico que susurraba a los enanos, ni la familia de contorsionistas búlgaros, ni siquiera el ghoulie libertino tenían pepinillos.

 Decidido a no rendirme, me enfundé mi traje de hombre de las nieves, pues a esas horas arreciaba el frío, y me hice a las calles del islote  en busca de alguna tienda de ultramarinos que permaneciera abierta a tan intempestivas horas. Localicé unas cuantas de las que abren 24 horas al día; esto es, unas 16 horas al día. En ninguna de ellas quedaban existencias del citado manjar, ¿acaso existía algún culto de corte satánico que devorase el encurtido que me proponía conseguir como fuera? Manifesté mi pesar ante la dependienta del Megabierta, quien se compadeció de mí, entregándome un pañuelo de papel para que me limpiase la nariz y enjugase allí mis lágrimas, no necesariamente en ese orden. Antes de sonarme con un estruendo apocalíptico leí en el papel una emocionante frase inspiradora:

 NoO TOODO eL MUUnDO PUeDe SeR UUNA CROOQUeTA!!

 El enunciado iba acompañado de una simpática caricatura. Mi mucosidad cubrió al sonriente rebozado y me despedí de la joven.

 -Buenas noches, mi señora.

 -Parta con mi bendición, mi apuesto caballero errante. Gloriosas serán vuestras gestas en pos de los pepinillos crujientes.

 -Fuerza y Honor.

 -Ira y Fuego.

 Nada más abandonar el establecimiento un hombre ataviado con gabardina y tocado con un sombrero de ala ancha se me acercó con aire conspirador. Miró a uno y otro lado antes de plantearme la gran cuestión.

 -¿Está usted buscando pepinillos para facer una tarta digna de un poema épico?

 Asentí, afligido.

 -Yo sé dónde puede encontrarlos en abundancia.

 -¡Dónde, dónde! -deseé saber. Mi ritmo cardíaco se aceleró como una canción de Javi Cantero.

 -En la huerta murciana hay muchos y muy variados pepinillos, de toda condición y tamaño, desde los que inducen a conmiseración por su pequeñez hasta los que provocan la envidia aun de los más bravos y dotados gladiadores del placer. Créame, son cosa seria esos pepinillos.

 -Pero estamos lejos. Desde aquí hasta Murcia serían unas cuatro horas en barca, burrotaxi[1] y coche, no dispongo de tanto tiempo.

 -¿Conoce la teletransportación instantánea?

 -Claro que la conozco, pero es una fantasía, una entelequia, algo propio de los monitos animados. No somos el Gokuh y la Chichí.

 Por un fugaz momento, el individuo desapareció de mi vista.

 -Tome -dijo.

 -¿Qué esto?

 -Un asado criollo a leña de piquillín, que rima con Krilin, acompañado de patatuelas. La comida más típica de la pampa argentina. Acabo de teletransportarlo hasta aquí desde allí.

 -Está calentito, pibe. Desde luego me ha convencido, ¡está bien, boludo, confiaré en usted, individuo con gabardina que acecha a los extraños que buscan pepinillos con desesperación! ¿Cómo lo hacemos, poso una mano sobre su hombro y nos teletransportamos hasta Murcia, que es tierra de leyenda?

 -Ay amigo, eso es cosa de la animación japonesa, la realidad es otra bien distinta. Recuerde: solo con esfuerzo se alcanza la gloria.

 -¿Qué quiere decir? No hable con acertijos, que no estamos en El nombre de la rosa.

 -Para practicar la teletransportación debemos unir nuestras pililas.

 Se produjo un silencio embarazoso, al menos por mi parte.

 -¿Acaso es necesario utilizar el miembro viril para que el teletransporte tenga éxito? -quise saber.

 -Sí, es muy necesario. Precisamente en la fricción vergantil es donde reside el poder del ki. Tome, una vuvuzela, recién traída desde la Sudáfrica de 2010.

 -¡Iniesta de mi vida! En fin, si no queda más remedio… Fuera pantalones y arriba esos puentes levadizos.

 -No tema, no soy julandrón. Lo he practicado cientos de veces y casi nunca ha acabado en erótico resultado. Esto lo hago más que nada por hacerle un favor. A todo esto, veo que se está viniendo arriba. Alguien está inflando el globito.

 -Es por el asado criollo, que me calienta.

 -Ya veo, ya. En fin, veamos… Así así, sin sacudidas violentas pero con mimo, solo un poquito, no es preciso que den palmas palmitas, lo de aplaudir a los sanitarios porque no todos los héroes llevan capa ya pasó de moda. Uy, los pelones a punto han estado de saludarse como los gnomos.


[1] El autor de esta historia romántica rechaza el uso del burrotaxi y cualquier otra clase de maltrato animal.

The Sisters of Mercy – Temple of Love (1992)
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7 comentarios sobre “Tarta de pepinillos crujientes (1/2)

  1. No quiere ir solo a Murcia, necesita la compañía de un buen pito para teletransportarse allí, me pregunto porqué?
    Por favor si sobra algo de la susodicha tarta me ofrezco voluntaria para que tan rico manjar no quede a la merced de alguien que no sepa apreciarlo.
    Quedo a la espera de la siguiente entrega!

    Le gusta a 1 persona

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