
Fue tras esputar el jarabe dulzón que se fijó en el prospecto, una tímida hoja de papel escondida en lo más profundo de la caja de cartón adquirida en una farmacia del extrarradio. Lo desdobló hasta hacerlo comprensible a su mirada enfebrecida. Leyó con desgana la exposición impresa, una serie de efectos secundarios, tales como la afectación al manejar un auto, siguiendo las apretadas líneas con un dedo de uña negra, mugrosa. Llegando a las palabras finales, en negrita, precisó de un comprimido que le hiciera acreedor de nuevas reacciones adversas.
Hizo un alto para expectorar en la letrina. Observó las flemas acuosas, la coloración insalubre, extrema, de la que hacían gala. Asintió complacido y no tiró de la cadena. Después se llevó un dedo a la nariz chorreante, hurgó hasta provocar una cascada eficaz y observó las mucosidades con afecto. La variedad cromática era aún mayor que en el producto expelido por la tráquea: parecía el mapa político de algún continente nuevo.
Rebuscó en el cajón de las drogas legales, evitó mirar a la cara de los efectos placebos comercializados en tabletas de doce unidades y no permitió que el rubor asomase a sus mejillas enfebrecidas. Tomó un blíster de aspecto retrofuturista, una grisácea pieza de introspección fantástica para hipocondriacos que no desean morir en paz. Lo retorció hasta obligar a la pastilla a ceder a la presión. Abrió el grifo y acogió unas gotas incoloras en la palma de una mano que temblaba con frenesí. Con la otra se introdujo la pastilla en la boca. La tragó. Glup. Bebió el escaso trago de agua, se relamió después, notó el sabor salado de su propia inmundicia extendiéndose sobre las papilas gustativas. La saliva, abundante y espesa desde hacía días, resbalaba por la comisura de los labios agrietados hasta generar regueros irregulares en el lavamanos. Parecían ríos de lava.
Aguardó algunos minutos frente al espejo, observando cómo las gotas de sudor perlaban su amplia frente, la enfermiza erupción que copaba su piel quebradiza, con las venas trasluciendo en tonos azules, verdes y morados y el flujo exaltado de la sangre en retirada. Algunas ronchas se fusionaban con las manchas cutáneas. Los coágulos sanguíneos le impedían moverse con eficacia.
Sonrió torpemente cuando sus dedos toparon, de forma casual, con un supositorio envuelto en tela de seda; era de calidad. Se lo acercó a la nariz, ensanchó las fosas nasales para intensificar la sensación olfativa y negó con un gesto cuando asomaba ya la punta de la lengua, una pírrica porción de carne rosada con fisuras. Dejó el preparado farmacéutico tal y como lo había encontrado, y con una barra de labios roja improvisó una despedida impersonal sobre el cristal del espejo de baño: palabras apresuradas, el dibujo de una cara sonriente y sin ojos en la parte inferior del objeto.
Se preparó para el cataclismo que colapsaría sus arterias sin lavarse las manos, desabotonándose la levita y colgándola en el guardarropa, con varias agujas de jeringuillas atravesando los bolsillos de cachemira. El mueble olía a orines.
Cuando despertó era el único hombre en la estación de trenes. Sonaba un violín a lo lejos.
*
Besitos de frambuesa y/o bomboncitos de pocholatito.
Esto es un final abierto y lo demás son tonterías. Fuerza para aguantar, y valor para cenar después de haber leído esto. Salidos cordiales.
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Buscaba concienciar sobre algo; al final no supe sobre qué y salió eso.
Reciba una cordial salida de mi parte.
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